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MARZO
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-- EL HOMBRE DE NEGRO --
JAVIER NAVARRO
De día es imposible encontrarlo y los que más saben de él, insinúan que desaparece cuando lo toca la luz del sol aunque sea sólo con levedad.
Intrigado, cambié los hábitos que la decencia y la buena cortesía obligan, comenzando a dormir durante el día, a alimentarme poco y a buscar en la noche tensa a ese hombre inasible.
Me vestí con pulcritud y esmero, de negro, y crecía en mí la esperanza de hallarlo en no se sabe qué sórdido rincón.
Me iba haciendo más huraño, separándome de la gente común que nada podía ofrecerme; quería encontrar al enigmático caballero cuya presencia apenas aleteaba oscura en las esquinas desoladas, en los bares solitarios, en las altas terrazas, recortado por la luz de la luna, acompañado de ruidos vaporosos que cortaban el aire con su cuchillo agudo y su frufrú de seda.
Reconozco que mi comportamiento se hizo tan extraño y tan parecido al objeto de mi pesquisa que algunos comenzaron a confundirme con él, el hombre misterioso.
Obviamente, yo sé que no soy él, pero ellos no lo saben. Hoy a las cinco de la mañana percibí un ruido ligero a mis espaldas.
Cuando me volví pude ver, a dos metros de mí, un pie que desaparecía, pero tuve miedo de seguirlo y me oculté asustado en el zaguán.
El vidrio de un almacén próximo reflejaba mi imagen débilmente y observé en mi rostro una mirada penetrante y altiva que no era la mía y una sonrisa maliciosa que en ese momento no podían, estaba seguro de ello, expresar mis labios.
Angustiado abandoné el lugar y la imagen desapareció lanzando una irónica mirada que todavía odio.
Sentí que alguien me seguía y me detuve con la esperanza de vencer mi temor al enfrentarlo, pero mi persecutor, en el momento en que yo cruzaba la esquina para retomar luego mis pasos, se refugió en un amplio portalón que servía de entrada a un almacén de ropa femenina, y su figura, quieta y lívida, podía verse a través de la vidriera como un insólito maniquí masculino.
Lo miré fijamente y no pude evitar la sonrisa que me producía su aparente temor y lo inhábil de su huida.
Pero dio de repente un salto ágil y fiero como si fuera la última oportunidad del animal acorralado y yo, presa del pánico, busqué apartarme con rapidez del sitio.
Sin embargo, al mismo tiempo, otros, inesperados atletas de la fuga, extraños personajes completamente vestidos de negro, huían a su vez.
Como si en el mismo instante todos nos hubiéramos percatado de que la situación era ridícula y terrible, nos detuvimos y comenzamos a caminar con lentitud y circunspección para ir desapareciendo en la luz del amanecer.
---- FIN ----