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NOVIEMBRE

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-- LA VERSIÓN DEL DRAGÓN -- 

              Siempre se ha contado la historia San Jorge, el guerrero, que mató a un dragón. En este relato lo veremos desde el otro lado:

 

            

Érase una vez un pequeño dragón que se había quedado huérfano por parte de madre. Su padre lo llevaba con él y le había enseñado todo lo que un buen dragón debe saber: a surcar el cielo por encima de las nubes, a encender fuego utilizando su garganta para no pasar frío en invierno, a cuidar la naturaleza y a vivir en armonía con otros animales.

Pero llegó el día en que llegaron a una cueva a refugiarse y su padre le dijo:

-Querido hijo mío: ha llegado el momento en el que te abandone para reunirme con tu madre y abuelos. No has de apenarte y por ello, te he traído hasta aquí.

Según terminó de hablar, le mostró un hermoso valle y al fondo un lago infinito.

-Este será tu hogar a partir de ahora y lo compartirás con los animales que lo pueblan. Ellos te harán compañía y tú los protegerás.

Tras una apenada despedida, el dragón se dirigió a su nuevo hogar y le pareció un lugar maravilloso. Al rato de sobrevolar el terreno, le entró hambre y entonces fue cuando se dio cuenta.

-Mi padre no me ha enseñado a cazar -dijo en voz alta - .

Y así es como comenzó a comer plantas, verduras y frutas para sobrevivir.

Pasó el tiempo y, como los dragones gozan de gran longevidad, vio como llegaban unos hombres y se ponían a construir casas en la base del valle, no muy lejos del lago.

-Que suerte -se dijo- ahora tendré quien me haga compañía.

Poco a poco fue llegando más gente y construyendo más casas pero el dragón no se atrevía a acercarse para saludarles porque le daba un poco de vergüenza.

Una noche, aprovechando la claridad de la luna llena, voló por encima del poblado para contemplarlo y, de repente, divisó unas extrañas plantas que no conocía. Descendió para verlas mejor y su olor le sedujo.

-Mmmmm que olor tan delicioso, seguro que deben tener un sabor muy agradable.

Se acercó lo mas delicadamente que pudo y alcanzó a coger un tomate.

-¡Oh, que fruto tan rico! ¡Y qué jugoso!

Cogió unos cuantos más y se fue junto al lago para saborearlos detenidamente. A la noche siguiente, su estómago se acordó de los deliciosos vegetales y, de nuevo, fue a buscarlos a la huerta del poblado. Estaba muy contento con la llegada de aquellos campesinos y, además ahora, tenían una comida deliciosa. Cada noche durante un mes se acercaba a cenar al poblado y regresaba a dormir junto al lago.

                Mientras tanto, el aldeano que tenía la huerta, se estaba quedando sin sus plantas y estaba muy enfadado porque todo el mundo negaba robarle. Decidido a encontrar al ladrón, se sentó en el huerto todo el día para pillarlo “in fraganti”. Llegó la noche y nadie había acudido.

-Voy a esperar un poco más, seguro que estaba esperando a que llegara la oscuridad para venir a por mis lechugas.

Y, de pronto, vio una sombra que cruzaba de este a oeste el cielo y un zumbido ensordecedor le colapsó los tímpanos. Un dragón descomunal clavó sus garras en la tierra y se acercaba pesadamente hacia él.

- ¡Dios mío! ¡Socorro! ¡Ayuda! Un dragón me ataca, vienen para devorarnos a todos y saciar sus ansias de comer. – Grito exasperadamente el campesino-.

- No, no, señor. No tema, sólo vengo a por sus deliciosas zanahorias. –Contestó el dragón-

Pero el campesino no le entendía y cuanto más se acercaba el dragón dando explicaciones, más gritaba despavorido el hombre.

Ante tales berridos, acudió todo el pueblo a socorrerle y, como llevaban antorchas para alumbrarse, no se les ocurrió otra cosa que tirárselas al inmenso y fiero animal para salvar al desvalido convecino.

El pobre dragón no entendía qué les sucedía y, al ser atacado, tuvo que marcharse a prisa para que no le hirieran. Desde que su padre le había dejado, era su peor noche y lloró desconsoladamente hasta que se quedó dormido.

Al día siguiente, en el pueblo, los lugareños hicieron se reunieron en el cabildo para tratar el tema. Como estaban asombrados por lo sucedido no sabían qué hacer y como no eran guerreros, no podían luchar contra él. Decidieron construir un castillo en el cual refugiarse en caso de ataque y una muralla altísima para que el dragón no pudiera pasar.

Mientras tanto, el dragón se había despertado y había ido a visitar a sus amigos del bosque. Le aconsejaron que se fuera de viaje una temporada y que, al regresar pasado unos meses, ya se habrían olvidado de él y los campesinos no estarían enfadados. Así lo hizo. Pasó la primavera y el verano, y el dragón ya echaba de menos su hogar. Ya conocía muchas nuevas tierras pero anhelaba volver a casa. Tras un largo viaje,llegó al lago y se sintió reconfortado. Al mismo tiempo, divisó la muralla y decidió ir a ver qué era y a saludar a los campesinos y a pedirles disculpas por haberlos asustado.

Del otro lado, las gentes vivían tranquilas y contentas tras comprobar que el dragón no les había vuelto a molestar.

En pleno mediodía y ante todo el bullicio de la nueva ciudad, apareció el dragón con una enorme sonrisa y, como muestra de alegría, soltó una enorme llamarada de fuego para que todos le vieran regresar. La gente corrió despavorida sin dirección para protegerse del dragón y le atacaban con flechas y cualquier objeto al uso.

Nuestro infeliz dragón no entendía nada y descendió para aclararlo de una vez por todas pero los campesinos incrementaron su ataque y tomaban sus buenas intenciones como actos diabólicos realizados por el más cruel e indómito ser que jamás habían conocido. Lo mismo ocurrió durante una semana pero el dragón no lograba que le comprendieran, así que regresó al lago y decidió no molestarles más.

Los campesinos no daban crédito de la poca eficacia de sus muros y se reunieron de nuevo. Tomaron la decisión de darle de comer al dragón o arrasaría con el poblado y con ellos, así que cada día le llevaban dos ovejas, las echaban al lago y esperaban a que el dragón se las comiera. Era de suponer que el dragón comía ovejas y a nadie se le ocurrió pensar que, quizá, esa no era su mejor dieta.

El dragón, que un día se había encontrado con aquellos dos hombres que portaban cada uno a una oveja, no sabía qué hacer. Él era vegetariano, no quería carne. Pero si no se lo comía le lanzaban palos afilados y le herían. Un día tras otro, se veía obligado a engullirse las dos ovejas. Aquello le provocaba unas flatulencias bárbaras y un ardor insoportable. Empezó a olerle el aliento y allá donde iba desprendía un hedor mortífero.

Al cabo del tiempo, dejaron de llevarle ovejas y pensó:

- ¡Por fin se han acabado las dichosas ovejas! Ahora podré ir a pedirles calabazas y pepinos, lechugas y tomates, calabacines y cebollas. Todo un manjar para mi paladar.

Y así fue, con esa decisión, a las puertas de la muralla a pedir sus verduras. Pero los campesinos no se lo tomaron de ese modo. Pensaba que reclamaba sus dos ovejas diarias y a ellos ya se les estaban acabando.

Se reunieron con el rey (que ya habían elegido para aquel entonces) y le exigieron una solución inmediata. El rey les confesó que no podía protegerles y que el único método era alimentar al malévolo dragón con los propios campesinos, que serían elegidos al azar cada día entre todos los habitantes y serían devorados junto a una oveja.

Así, a la mañana siguiente, y a la otra y durante mucho tiempo, campesino y oveja saciaban la hambruna de un dragón que, por su parte, estaba indignado por su mala suerte y por su pestilencia en aumento, aunque su único deseo es que llegara el día en que se acabaran los campesinos para comerse sus deliciosas hortalizas.

Cuando casi no quedaban campesinos, el destino quiso que le tocara a la hija del rey el ser ofrecida. El rey hizo todo lo que pudo para que su familia no cayera en esa desgracia y su preciosa hija no tuviera una muerte tan horrible. Realizó todo tipo de intentos para salvar su vida pero los campesinos le exigieron la muerte ya que ellos también habían sacrificado a sus seres queridos.

Con mucho pesar y bajo grandes lamentos paternos, la princesa se situó en el lago. Casualmente, pasaba por allí un santo con buen corazón y mejores acciones llamado Jorge que había llegado hacía poco tiempo.

-¿Qué te aflige, princesa? Veo que todo el pueblo mira en esta dirección esperando que ocurra algo y tú estas aquí sola y sollozando sin consuelo

-Señor, mi destino está elegido pero tú eres libre de irte y salvar tu vida.

-Princesa, si me acompañas podremos hablar con calma y solucionar el problema.

-No puedo irme de aquí -replicó- espero que un dragón venga a devorarme para que quede saciada su hambre y mis vecinos se salven de la muerte un día más.

San Jorge no daba crédito de la larga historia que le contó acerca del dragón y le prometió que él la salvaría.

Mientras tanto, el dragón había visto ala princesa y pensó que por fin alguien culto, perteneciente a la nobleza, se acercaba para traer la paz. Con una gran sonrisa se acercó a la joven dama lo más que pudo con la intención de conversar con ella pero, de un salto, un joven caballero saltó a su corcel blandiendo una gran espada y embistió contra él hiriéndole gravemente. Mientras yacía en el suelo, la muchacha cedió su cinturón al caballero y éste le rodeó el cuello mientras le susurraba:

- Esta dama desea que seas su mascota y llevarte con ella a palacio para que lo guardes. Tendrás todas las frutas y verduras que desees pero primero debes acompañarla al pueblo para que todo el mundo te conozca.

Acto seguido, le dio a la princesa un extremo del cinturón y así condujo al dragón hasta el rey. San Jorge, que no había sido del todo sincero, le dijo al rey que si se bautizaban todos los habitantes del pueblo, se libraría del dragón.

Lleno de alegría al ver que su hija estaba viva, el rey hizo todo lo que San Jorge le ordenó. Primero bautizó a todo el pueblo, después construyeron una iglesia en su nombre, repartió dinero entre los más desfavorecidos y actuó según las indicaciones de su salvador.

Mientras, el dragón vivía a cuerpo de rey comiendo todo tipo de manjares. Sabía el trato que San Jorge había hecho con el rey así que acordaron que cuando llegara el día de la ejecución, se haría el muerto. En realidad, San Jorge también había hecho un trato con el dragón: lo llevaría a un nuevo valle alejado de aquel pueblo y repleto de viñedos y grandes huertas naturales.

El dragón murió de viejo, con la bendición de San Jorge y el paladar repleto de suculentos sabores.

 

BIBLIOGRAFÍA:     1. De la Vorágine, Santiago. La leyenda dorada. Madrid: Alianza Editorial, 2008. p. 93-104

 

 AUTOR:     Mª Lorena Soria Zurdo